Falta poco para que México pierda su último glaciar, ¿de cuál se trata y por qué esto significa el fin del “hielo eterno"?

El Gran Glaciar del Norte entra en su fase final de desaparición y deja al país sin capacidad de regeneración de hielo

El último glaciar de México está a nada de desparecer / Guillaume Temin

En lo alto del Citlaltépetl, donde durante décadas resistió el último vestigio de hielo permanente del país, hoy queda poco más que una señal de alarma. El último glaciar de México ha dejado de ser un sistema vivo. Lo que permanece en la cima del Pico de Orizaba es una masa fragmentada que se derrite sin posibilidad de recuperarse. No es solo una transformación del paisaje: es la confirmación de que el cambio climático ya está redefiniendo el presente.

Lejos de ser un fenómeno aislado, la desaparición del llamado Gran Glaciar del Norte abre una nueva etapa ambiental. Una en la que el país pierde una de sus reservas naturales de agua y enfrenta, al mismo tiempo, una creciente crisis hídrica que impacta a millones de personas.

Un glaciar que dejó de respirar

Durante años, este cuerpo de hielo fue considerado el último glaciar activo del territorio. Sin embargo, mediciones recientes han cambiado por completo su estatus. Ha perdido más del 82% de su superficie desde la segunda mitad del siglo XX y ya no presenta movimiento interno ni acumulación de nieve.

Un glaciar necesita equilibrio: lo que gana en invierno debe compensar lo que pierde en verano. Ese ciclo se rompió. Hoy, el hielo está dividido en bloques aislados, con roca expuesta que acelera el deshielo desde abajo. Por ello, especialistas lo catalogan como un “glaciar muerto”, con una desaparición proyectada antes de 2030.

El punto de no retorno ya fue superado

Uno de los indicadores más contundentes ocurrió recientemente: la desaparición de la línea de equilibrio glaciar. Este límite natural marcaba la altura a la que la nieve lograba regenerar el hielo perdido. Durante décadas se ubicó por encima de los 5,300 metros.

Hoy, ese punto ha rebasado incluso la cima del volcán. Dicho de otro modo: en México ya no existe altitud suficiente para que el hielo se regenere. El aumento de temperatura, que en algunas regiones supera los 3 °C por encima del promedio global, ha sellado el destino de estos ecosistemas.

No se trata solo de degradación: es la imposibilidad total de recuperación.

De reserva natural a una crisis de agua en tiempo real

La desaparición del último glaciar de México tiene consecuencias inmediatas. Durante siglos, estos sistemas funcionaron como reguladores naturales: liberaban agua de forma gradual en temporadas secas.

Hoy, ese equilibrio se ha roto. Ríos como el Jamapa y el Cotaxtla registran niveles históricamente bajos, afectando a decenas de municipios. En algunas regiones, las plantas de tratamiento operan apenas a la mitad de su capacidad. La crisis hídrica en México ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una realidad cotidiana.

Además, sin esa fuente constante de recarga, los acuíferos enfrentan mayor presión, lo que incrementa tensiones sociales por el acceso al agua.

El calor que se alimenta a sí mismo

El retroceso del hielo también altera la temperatura de la montaña. Antes, la superficie blanca reflejaba la radiación solar. Ahora, la roca oscura absorbe hasta el 90% del calor, intensificando el calentamiento local.

Este fenómeno, conocido como efecto albedo inverso, genera un círculo vicioso: menos hielo produce más calor, y más calor acelera el deshielo. El resultado es un proceso que se retroalimenta y amplifica los efectos del cambio climático a escala regional.

Contaminación, ceniza y un deshielo desde el interior

El aumento de temperatura no es el único factor. La presencia de carbono negro, producto de la contaminación y la ceniza volcánica del Popocatépetl, oscurece la superficie del hielo, reduciendo su capacidad de reflejar la luz y acelerando su derretimiento.

A esto se suma la fragmentación del glaciar, que permite que el calor penetre con mayor facilidad. La roca expuesta actúa como una fuente térmica adicional desde la base, debilitando la estructura restante.

Una montaña más inestable

Con la desaparición del hielo, emerge un nuevo riesgo: el descongelamiento del permafrost. Este suelo, que permanecía congelado, comienza a perder estabilidad, provocando deslaves, desprendimientos de roca y rutas peligrosas.

El escenario cambia por completo. El riesgo ya no es el hielo, sino la propia montaña. Incluso podrían generarse fenómenos como lahares, mezclas de lodo y escombros, en temporadas de lluvia.

Lo ocurrido en el Iztaccíhuatl confirma que este proceso no es nuevo. Ahí, apenas sobrevive un pequeño porcentaje del hielo original, sin función ecológica ni hídrica. En el mismo sentido, el Popocatépetl perdió sus glaciares hace años; lo que se observa ocasionalmente es nieve temporal.

Ambos volcanes anticipan el destino del Citlaltépetl: un paisaje dominado por roca, sin rastro de hielo eterno.

Viviana Hernández Bran

Licenciada en Comunicación y Periodismo por la...