Impresiones de la película Un hijo propio en Netflix: el caso real que nos hace cuestionar otra cara de la maternidad

La producción de Maite Alberdi reconstruye el caso de Eleonor Alejandra Marín Mendoza, conocida como “la enfermera de Sears”, quien en 2009 salió de un hospital con una bebé recién nacida

Impresiones de la película Un hijo propio / internet

Hay películas que una termina de ver y simplemente pasa a buscar otra cosa. Y hay otras que, aunque aparezcan los créditos finales, se quedan dando vueltas en la cabeza.

Eso me ocurrió con “Un hijo propio”, el nuevo documental de Netflix dirigido por la cineasta chilena Maite Alberdi. Yo, para ser completamente honesta, no esperaba demasiado cuando apareció entre mis recomendaciones. Era domingo, buscaba qué ver y terminé entrando casi por curiosidad.

Fue suficiente darle unos minutos.

Hay algo en la manera en que la historia está contada que consigue una cercanía poco habitual. Al principio no sientes que estés frente a la reconstrucción de un caso criminal ocurrido hace 17 años; más bien parece que Alejandra te está dejando entrar en su vida. La cámara se acerca a ella y a su versión de los hechos con una intimidad que hace que, por momentos, olvides que estás viendo una historia real.

Y ahí está precisamente la trampa, si es que podemos llamarla así, de esta película.

Porque cuanto más conoces a Alejandra, más difícil resulta reducirla a la mujer que un día salió de un hospital con una bebé dentro de una bolsa.

La mujer detrás del titular

En 2009, Eleonor Alejandra Marín Mendoza, entonces una joven de 25 o 26 años que trabajaba en el Hospital General de México, protagonizó un caso que rápidamente se convirtió en noticia nacional.

Durante meses había sostenido frente a su entorno la idea de que estaba embarazada. Antes de llegar a ese punto había atravesado 3 pérdidas gestacionales, una experiencia que la película coloca en el centro porque no se trata únicamente de perder un embarazo: también aparece el peso de sentir que se está fallando frente a una expectativa que parece acompañar a la mujer desde que se casa.

La historia resulta especialmente incómoda porque Alejandra sí quería ser madre. Y, al menos en la reconstrucción que plantea el documental, también existía un deseo compartido con su esposo, Arturo, interpretado por Armando Espitia.

El problema aparece cuando ese deseo deja de ser solamente suyo.

La familia, las expectativas alrededor del matrimonio, la idea de que una mujer debería convertirse en madre y la sensación de que el tiempo corre construyen poco a poco una presión que se vuelve insoportable.

Alejandra comienza entonces a sostener una mentira: finge estar embarazada.

Cambia su cuerpo, mantiene durante meses la apariencia de un embarazo y construye alrededor de él una realidad que incluye preparativos familiares y consultas médicas. Lo que empieza como un intento desesperado por sostener una imagen termina convirtiéndose en una situación que ya no puede controlar.

La directora Maite Alberdi decidió precisamente entrar en ese terreno.

En lugar de limitarse a utilizar imágenes de archivo y entrevistas, “Un hijo propio” recrea parte de la historia con actores. Ana Celeste Montalvo interpreta a Alejandra y Armando Espitia da vida a Arturo. Pero las personas reales también aparecen y cuentan sus propias versiones. La película combina así ficción, documental, testimonios y material de archivo para construir una historia deliberadamente incómoda.

Es una decisión importante porque permite experimentar el caso primero desde los ojos de Alejandra y después comenzar a cuestionarlo.

En junio de 2009, Alejandra entró al área de ginecobstetricia del Hospital General de México y salió del lugar con una recién nacida escondida en una bolsa de Sears. Las cámaras de seguridad registraron el hecho y horas después ella y su esposo fueron localizados en un hotel de Ciudad de México. La bebé fue recuperada con vida.

A partir de ahí, la historia dejó de ser solamente la de una mujer que había fingido un embarazo.

Se convirtió en un caso criminal.

¿Justicia, desesperación o una historia que nunca conocimos completa?

Aquí es donde “Un hijo propio” me parece mucho más interesante que la típica producción de true crime.

Porque podría haber elegido el camino fácil: mostrar a una mujer que roba a una bebé, reconstruir el delito, encontrar un culpable y cerrar la historia. No lo hace.

En cambio, Maite Alberdi intenta recuperar las circunstancias que rodearon aquella decisión y pone en pantalla algo que muchas veces desaparece cuando una noticia se convierte en escándalo: la vida que existía antes del delito. La directora ha explicado que quería contar el caso desde la perspectiva de Alejandra para escapar, precisamente, de los prejuicios con los que había sido presentada públicamente.

Y esto cambia por completo la experiencia como espectadora.

Porque durante buena parte de la película puedes sentir empatía por Alejandra. Puedes entender su tristeza, su desesperación y el peso que representaba para ella no conseguir convertirse en madre.

Pero entender no significa necesariamente justificar.

Ese matiz me parece uno de los mayores aciertos de la producción.

La historia real tampoco es tan sencilla como pudiera parecer después de los primeros minutos. El caso tuvo otras voces: la familia de la bebé, su madre y su padre biológico, además de las versiones que aparecieron en los medios y las que posteriormente fueron reconstruidas por quienes estuvieron involucrados.

Por eso resulta delicado afirmar que Alejandra fue simplemente “inocente” o que todo ocurrió exactamente como ella lo cuenta. El documental no ofrece una respuesta cómoda sobre quién tiene toda la verdad. Más bien coloca distintas piezas sobre la mesa y permite que el espectador conviva con sus contradicciones.

¿En qué momento el deseo de ser madre deja de ser un deseo y se convierte en una obligación?

La película no acusa únicamente a una familia ni pretende explicar el caso desde una sola causa. Habla de una presión mucho más amplia: la que hace creer a muchas mujeres que la maternidad es una especie de destino inevitable.

*Que casarse implica tener hijos.

*Que querer ser madre es suficiente para convertirse en una.

*Que si el embarazo no llega, algo está mal.

*Que existe un reloj que está contando los minutos.

*Y que hay una edad en la que deberías haberlo conseguido.

Por eso, aunque el caso de Alejandra ocurrió en 2009, la conversación que abre “Un hijo propio” sigue siendo sorprendentemente actual.

La presión simplemente ha cambiado de escenario.

Ahora puede aparecer en una reunión familiar, en una consulta médica, en Instagram, en TikTok o en una conversación aparentemente inocente sobre “cuándo llegará el bebé”.

Y quizá por eso esta historia me tocó más de lo que esperaba. No porque la película consiga convencerme de que Alejandra tenía razón. Tampoco porque crea que el dolor puede justificar cualquier decisión.

Me conmovió porque detrás del caso criminal existe una mujer que durante mucho tiempo sintió que no podía cumplir con una de las expectativas más antiguas que se han colocado sobre las mujeres: ser madre.

Y mientras veía cómo esa presión iba creciendo, no pude evitar pensar en cuántas mujeres viven todavía preguntándose si quieren tener hijos, si pueden tenerlos, si llegarán a tiempo o si algún día se arrepentirán de no haberlo hecho.

Ahí es donde “Un hijo propio” deja de ser solamente una historia sobre una bebé sustraída en un hospital.

*Se convierte en una pregunta sobre nosotras.

*Sobre la maternidad.

*Sobre el deseo.

*Sobre el miedo.

*Y sobre lo peligroso que puede ser convertir una decisión profundamente personal en una obligación social.

La película está disponible en Netflix desde el 13 de agosto y cuenta con Ana Celeste Montalvo, Armando Espitia, Luisa Guzmán, Mayra Batalla y Ángeles Cruz, además de la participación de personas relacionadas con el caso real. Se trata del primer documental de Alberdi filmado en México y fue producido por Gato Grande.

Yo terminé la película con lágrimas, pero también con una incomodidad que agradezco.

Porque no creo que “Un hijo propio” quiera que salgamos de ella pensando simplemente si Alejandra fue buena o mala.

Creo que quiere que nos hagamos una pregunta mucho más difícil:

¿Cuánto de lo que creemos saber sobre una persona cambia cuando finalmente escuchamos su historia completa?