Impresiones de Mal de amores en Netflix, la serie mexicana que convierte la Revolución en una historia de amor y libertad
Basada en la novela de Ángeles Mastretta, la miniserie de siete episodios sigue a Emilia Sauri, una joven que quiere ser médica mientras intenta entender qué hacer con dos amores y con una época que no parece dispuesta a dejarla elegir por sí misma

Impresiones de la serie Mal de Amores / instagram
Hay series que necesitan varios episodios para encontrar su tono y otras que desde los primeros minutos consiguen algo más sencillo y más difícil a la vez: hacer que uno quiera quedarse. Mal de amores, la nueva producción mexicana de Netflix, pertenece a las segundas.
La historia comienza en un México de 1910, cuando el país está a punto de entrar en uno de los periodos más convulsos de su historia. Pero la Revolución Mexicana no es aquí únicamente un escenario de batallas, ideales políticos y cambios sociales. También es el ruido de fondo de una mujer que quiere estudiar medicina, enamorarse, equivocarse y decidir sobre su propia vida.
Y quizá ahí está uno de los mayores encantos de la serie: la revolución que importa no siempre ocurre en las calles.
Esta serie llegó a la plataforma de streaming el 2 de septiembre y tiene siete episodios. La adaptación corre a cargo de Catalina Aguilar Mastretta, hija de la escritora Ángeles Mastretta, autora de la novela publicada originalmente en 1996.
Apenas una semana después de su estreno, la producción ya había conseguido 2.3 millones de visualizaciones a nivel global, además de entrar al Top 10 de series de habla no inglesa de Netflix y aparecer entre las diez producciones más vistas en 30 países. En México, incluso encabezó el ranking semanal correspondiente al periodo del 31 de agosto al 6 de septiembre.
Emilia Sauri quiere ser médica, pero también quiere vivir a su manera
Interpretada por Renata Vaca, Emilia Sauri no parece dispuesta a aceptar que su vida tenga que reducirse a las posibilidades que su época le ofrece.
Desde el principio conocemos su vocación por la medicina, una decisión que ya resulta transgresora para el México en el que vive. Su camino, sin embargo, se complica cuando reaparece Daniel Cuenca, interpretado por Juan Pablo Fuentes, aquel amor de infancia que ahora se ha convertido en un hombre aventurero y revolucionario.
Daniel representa una clase de amor que parece imposible de domesticar. Es movimiento, riesgo, deseo, incertidumbre. Emilia lo quiere, pero quererlo también significa aprender a convivir con sus ausencias y con el peligro que implica que él se haya lanzado a la lucha revolucionaria.
Y entonces aparece Antonio Zavalza, interpretado por Iván Amozurrutia, un médico que llega a Puebla y que representa otra posibilidad: la estabilidad, la medicina, la calma y una manera distinta de mirar el mundo.
La serie no convierte esta situación en el típico triángulo amoroso donde basta con decidir quién es “el bueno” y quién es “el malo”. Lo interesante está precisamente en que Emilia parece amar cosas distintas de cada uno, mientras intenta no perderse a sí misma en el proceso.
Y sí, hay romance. Hay besos, esperas, reencuentros, despedidas y esa clase de tensión que hace que uno diga “solo voy a ver otro capítulo” para descubrir, una hora después, que ya está demasiado involucrado.
Una serie de época que se siente sorprendentemente fresca
Confieso que, al comenzar Mal de amores, no tenía del todo claro en qué momento histórico estaba situada la historia. Lo que sí llamó mi atención desde el primer capítulo fueron los vestuarios, la ambientación y, sobre todo, la manera de hablar de Emilia.
Hay algo particularmente atractivo en escuchar a una protagonista de una historia de época expresarse con una energía que no se siente acartonada. Sus conversaciones tienen ritmo y sus relaciones no parecen construidas únicamente para recordarnos que estamos viendo una producción ambientada hace más de un siglo.
Después empiezan a aparecer las pistas: el México prerrevolucionario, las tensiones políticas, la medicina, las familias liberales y una sociedad en la que las mujeres tenían que negociar constantemente con las expectativas que otros habían construido para ellas.
La elección de Puebla como uno de los principales escenarios también ayuda muchísimo. Sus calles, edificios y arquitectura hacen que la historia tenga una textura propia. No parece simplemente un decorado colocado detrás de los personajes: la ciudad forma parte de la atmósfera.
La producción también utilizó locaciones en Ciudad de México y San Luis Potosí. Netflix señala que el rodaje se extendió durante 93 días en estos tres estados y que se utilizaron más de 500 prendas originales elaboradas con fibras naturales para construir el vestuario. En Puebla aparecen espacios como el Palacio Municipal, la Biblioteca Palafoxiana y distintos rincones de Atlixco.
Pero hay algo más que me atrapó todavía antes de comprender por completo hacia dónde va la historia: el romance.
Emilia y Daniel tienen esa clase de vínculo que parece haber sobrevivido a los años. Cuando finalmente vuelven a encontrarse, hay una sensación de amor acumulado, de todo aquello que se quedó pendiente durante demasiado tiempo. Y la serie consigue mostrarlo sin convertir cada acercamiento en una escena exagerada.
Los besos, las caricias y los momentos de intimidad están filmados con cuidado. Hay sensualidad, pero no parece colocada ahí únicamente para provocar. Todo tiene sentido dentro de la relación de los personajes y, sobre todo, dentro de la época que habitan.
Por momentos es fácil recordar lo que significa esperar a alguien, extrañarlo, emocionarse cuando finalmente aparece y después volver a sentir ese pequeño vacío cuando tiene que marcharse.
Y ahí Mal de amores encuentra una de sus mejores cartas: mientras alrededor de Emilia se está gestando una revolución política, dentro de ella también ocurre una revolución mucho más íntima.
Porque Daniel se va a combatir y Emilia tiene que quedarse. La espera comienza a pesarle. Hay preocupación, incertidumbre y una ausencia que poco a poco deja de ser romántica para convertirse en una verdadera prueba.
Al mismo tiempo, Emilia intenta continuar con su vida y acercarse a su sueño de convertirse en doctora. Es en ese camino donde aparece Antonio Zavalza y, con él, una posibilidad completamente distinta.
Sin contar más de lo necesario, porque parte del encanto está precisamente en descubrirlo capítulo a capítulo, el atractivo del triángulo está en que no se siente como un recurso artificial para alargar la historia. Emilia tiene una vida propia, una vocación y deseos que existen independientemente de los hombres que la rodean.



