Mirabai Ceiba, la caricia musical que te ayudaría a atraer paz y atravesar la incertidumbre
Tras dos conciertos en la Ciudad de México, Angelika Baumbach y Markus Sieber invitaron a bajar el ruido de afuera y escuchar aquello que todavía late adentro

Música Mirabai Ceiba / Instagram Mirabai C
Hay días en los que uno llega a un concierto buscando música y termina encontrando otra cosa. Un poco de silencio. Un respiro. Tal vez incluso una parte de sí mismo que llevaba demasiado tiempo escondida debajo del ruido.
Eso fue lo que me ocurrió con Mirabai Ceiba en una de sus dos presentaciones de este año en la Ciudad de México, los pasados 12 y 13 de marzo. En medio de una época atravesada por noticias difíciles, incertidumbre y una sensación colectiva de que el mundo gira cada vez más rápido, Angelika Baumbach y Markus Sieber eligieron hacer algo aparentemente sencillo: bajar las revoluciones.
No era una decisión casual. “Los tiempos así como están, están pidiendo recogimiento, como de abrazo, algo cálido”, me contó Angelika antes de aquellas presentaciones. Y quizá ahí está una de las claves para entender la música de Mirabai Ceiba: no llega para competir con el ruido, sino para apartarlo durante un momento.
La cantante, que creció en México, reconoce que volver a tocar aquí siempre le provoca una emoción particular. Frente al público mexicano siente que se encuentra con su propia historia, con ese país que recuerda distinto pero que todavía reconoce como casa.
“Poner mi gotita de amor en este país es todo”, me dijo. Y esa frase terminó teniendo mucho sentido cuando las luces se apagaron.
Un concierto que parecía una ofrenda
Nunca había asistido a un concierto en el Foro de la Juventud del Polyforum Siqueiros. El espacio circular, de dimensiones pequeñas, hacía que las aproximadamente 500 personas parecieran estar más cerca de lo habitual, como si en lugar de asistir a un espectáculo hubiéramos sido invitados a una reunión íntima.
Había luces tenues. Flores. Instrumentos cuidadosamente acomodados. Nada parecía diseñado para el estruendo.
Antes de entrar, un sahumerio pasaba de cuerpo en cuerpo entre quienes esperábamos en la fila. Era un gesto sencillo, pero funcionaba como una frontera: afuera estaba la ciudad; adentro, al menos durante unas horas, podíamos permitirnos estar en otro lugar.
El escenario tenía algo de ofrenda. Y la música de Mirabai Ceiba, hecha de voces, instrumentos y mantras, terminó de construir esa sensación.
Yo llegué con la energía baja. Me senté sola en una de las gradas y, por un rato, dejé de pensar en todo lo que había ocurrido antes de llegar y en todo lo que tendría que hacer después.
Angelika comenzó a hablar con el público antes de algunas canciones. Preguntaba cómo nos sentíamos, nos invitaba a respirar, a soltar el cuerpo, a bajar la guardia. Lo hacía sin solemnidad, sin intentar decirnos cómo debíamos sentirnos. Simplemente abría la puerta. Después llegaba la música.
Sonaron canciones como Tindu, Aja Alai, Despierta, Corazón, Ocean, Pavan Guru y Mera Man Loche, entre otras. Y algo comenzó a cambiar en el ambiente. La atención, que normalmente salta de una pantalla a una noticia y de una preocupación a otra, parecía quedarse quieta.
Por momentos lloré.
No por tristeza exactamente. Más bien por esa extraña sensación de reconocer algo que uno necesitaba y no sabía cómo pedir.
Quizá por eso la cantante describe sus conciertos con tres palabras: encuentros, reencuentros y corazón.
Bajarle al mundo para volver a escucharse
Hay algo especialmente interesante en lo que está ocurriendo actualmente con Mirabai Ceiba. Después de más de dos décadas haciendo música juntos y de 25 años como pareja, Angelika y Markus ya no parecen interesados en correr detrás de la misma idea de éxito que alguna vez los llevó a recorrer Europa, Sudamérica, México, Estados Unidos y Canadá.
La prisa cambió.
Sus hijas crecieron. Markus desarrolló su propio proyecto musical, Aukai, mientras Angelika comenzó a recuperar nuevos espacios para Mirabai Ceiba. Y en medio de esos movimientos apareció algo que, en principio, puede resultar incómodo: el vacío.
“Estamos en ajustes”, explicó. “Y esos ajustes desajustan y se sienten como miedo, miedo al vacío, al cambio, la incertidumbre tal cual”.
Pero también hay libertad en ese vacío.
Angelika habla de este momento como un capullo: un periodo en el que todavía no saben exactamente qué va a aparecer. No están produciendo música con la misma velocidad de antes. Están escuchando.
Y me parece que esa sea una de las ideas más poderosas de su discurso: en una época obsesionada con producir, publicar, responder y demostrar, también puede ser un acto creativo detenerse.
“Cada día hay más bandas que hacen música como nosotros, cada día hay más retiros, el mundo sí parece girar más rápido”, reflexiona. “El llamado ahorita es bajarle a las revoluciones para generar más una escucha interna”.
Su propia vida parece atravesar esa misma transformación. Con Markus, cuenta, han tenido que aprender nuevas maneras de encontrarse. Ya no están exactamente en el mismo lugar que hace diez o veinte años. Ahora hay más espacio, más libertad y, también, más incertidumbre.
Lo interesante es que no intenta esconder esa contradicción. La abraza.
En esa conversación, ella también habló de su admiración por Markus, de su sensibilidad emocional y de su capacidad para llevar una idea desde un territorio profundamente creativo hasta algo concreto. Él, dice, confía en su oído musical y en su sensibilidad.
Son dos personas que llevan muchos años conociéndose y que todavía están aprendiendo a encontrarse. Tal vez por eso Mirabai Ceiba suena menos como una respuesta y más como una pregunta.
¿Qué sucede cuando dejamos de perseguir lo que sigue y comenzamos a escuchar lo que ya está aquí?
Una canción como refugio
La música de este duo no pretende solucionar aquello que ocurre afuera. Angelika tampoco habla desde un lugar de certezas absolutas. Su mensaje nace, más bien, de una experiencia personal: crecer cerca del yoga, el Kundalini yoga y una tradición espiritual que le enseñó a mirar hacia adentro. Pero incluso ahí propone algo sencillo. Volver.
Volver al cuerpo. A la respiración. Al corazón. A esa parte de nosotros que puede quedar sepultada bajo las noticias, Instagram, las preocupaciones y la necesidad permanente de saber qué está pasando en el mundo.
“Si muchos giramos nuestra atención a nuestro ser y miramos como seres completos”, me dijo, quizá podamos encontrar otra manera de atravesar lo que sucede.
No significa dejar de preocuparse. Significa, aprender a ponerle un límite a la preocupación.
La cantante tiene una imagen que resume buena parte de su filosofía: si alguien se va a dormir con angustia, puede permitirse preocuparse, pero también puede decidir que ese ya no es el momento para hacerlo.
Hay una especie de disciplina en ello. Disciplina con las preocupaciones. Con Instagram. Con el impulso de mirar constantemente hacia afuera.
Y entonces aparece una frase que, después de escucharla en aquel concierto, adquiere otra dimensión: “Deja que la música te bañe”.
Si pudiera describirlo con palabras, creo eso fue precisamente lo que ocurrió aquella noche en el Polyforum Siqueiros.
Por unas horas, unas cuantas personas se reunieron alrededor de unas voces y unos instrumentos para recordar algo que parece obvio y, sin embargo, olvidamos con frecuencia: que también necesitamos espacios donde no haya que producir nada, resolver nada ni entenderlo todo.
Solo respirar.
Solo escuchar.
Solo estar.
En tiempos violentos y llenos de incertidumbre, Mirabai Ceiba propone una forma pequeña, pero profundamente humana, de resistencia: cuidar aquello que sucede dentro de nosotros.
No porque el mundo exterior deje de existir cuando comienza una canción.
Sino porque, cuando termina, quizá podamos volver a él con el corazón un poco más entero.



