Impresiones de Mary y Max, la película de Adam Elliot, la mente que también estuvo detrás de Memorias de un caracol

La cinta de stop motion convierte la correspondencia entre una niña australiana y un hombre solitario de Nueva York en una historia sobre amistad, tristeza y esperanza

Impresiones de la película Mary y Max

Impresiones de la película Mary y Max / IA e internet

El lunes terminé en el cine viendo Mary y Max, una película que, para ser sincera, no estaba precisamente en mi lista de opciones para esa tarde. Fui por insistencia de un amigo que tenía muchas ganas de verla y porque detrás de ella estaba Adam Elliot, el director de Memorias de un caracol. Así que decidí darle una oportunidad y dejar que la película hiciera el resto.

Lo primero que me atrapó fue su estética. cinta está construida prácticamente en blanco, negro y distintas tonalidades de gris, con algunos objetos que aparecen en rojo, verde o tonos cobrizos. Todo parece habitar una especie de nostalgia permanente.

Y no pude evitar pensar que esa apariencia también habla de sus personajes. Y es que la historia comienza en los años setenta con Mary Daisy Dinkle, una niña australiana que crece rodeada de inseguridades, problemas familiares y dificultades para relacionarse con los demás.

Un día toma una guía telefónica de Nueva York y escoge al azar el nombre de un desconocido: Max Jerry Horovitz, un hombre solitario que vive en Manhattan.

Mary decide escribirle.

Lo que comienza como una carta termina convirtiéndose en una amistad que atraviesa décadas, países y distintas etapas de sus vidas. Ambos empiezan a intercambiar cartas, regalos, preocupaciones y pequeñas confesiones. Sin darse cuenta, encuentran en el otro a alguien que puede comprender aquello que muchas veces resulta difícil explicar.

Las voces originales de los protagonistas pertenecen a Toni Collette y Philip Seymour Hoffman, mientras que Eric Bana y Barry Humphries completan parte del reparto. La película se estrenó mundialmente en Sundance en 2009 y fue el primer largometraje de Adam Elliot.

Pero quizá uno de los detalles más bonitos es que la historia nació de una experiencia real. Elliot se inspiró en un amigo por correspondencia de Nueva York con quien mantuvo contacto durante más de 20 años. Y eso hace que la película tenga todavía más sentido.

Porque Mary y Max habla de algo que hoy parece casi antiguo: esperar una carta, escribirle a alguien sin saber cuándo responderá y construir una amistad a través de unas cuantas hojas de papel.

La producción también fue una enorme labor artesanal. El filme utilizó 212 marionetas, 133 sets y 475 accesorios, mientras que la animación y el rodaje requirieron 57 semanas.

Todo está hecho a mano y, curiosamente, esa imperfección combina muy bien con la historia.

Una película gris que habla de encontrar pequeñas razones para seguir

Mientras veía Mary y Max, pensé mucho en lo fácil que es sentirse perdido cuando no tenemos algo que nos entusiasme o una razón para levantarnos por la mañana.

Mary encuentra en sus cartas una pequeña dirección. Max también.

Ninguno deja de tener problemas. La película habla de soledad, ansiedad, depresión, abandono, autoestima y enfermedad mental, temas que hacen que no sea necesariamente una película para niños, aunque su apariencia de animación pueda hacernos pensar lo contrario. Y eso me gustó.

Me gusta que la historia no plantee una amistad como una solución mágica. Mary y Max no se arreglan la vida mutuamente. Simplemente encuentran una forma de acompañarse.

A veces esa compañía está en algo tan pequeño como una comida favorita, un libro, una conversación o una carta que llega desde el otro lado del mundo.

Creo que ahí está una de las ideas más bonitas de la película: cuando la vida parece gris, quizá no necesitamos que todo cambie; a veces necesitamos encontrar algo pequeño que vuelva a darle color.

Aunque también tengo que decirlo: a mí Mary y Max no me hizo llorar.

Al terminar la función escuché a varias personas llorando y me sorprendió un poco. Tal vez algunos llegaron con la expectativa de encontrarse con una experiencia tan devastadora como Memorias de un caracol.

A mí me pareció una buena película, sensible y visualmente hermosa, pero también creo que cae demasiado en la melancolía.

Y es imposible no compararla con el trabajo posterior de Elliot. Los personajes, las texturas, los colores apagados y esa mezcla de humor negro con tristeza dejan clarísimo que el director ya tenía un universo visual propio.

De hecho, mientras la veía pensé en algo parecido a lo que ocurre con Tim Burton: hay directores cuya estética termina siendo una especie de firma.

Mi impresión final es sencilla: es una película sobre dos personas que no consiguen escapar de sus problemas, pero sí encuentran una manera de acompañarse dentro de ellos.

No creo que sea perfecta y tampoco sé si la pondría automáticamente frente a un niño solo porque es animada.

Pero sí creo que vale la pena verla. Mi calificación personal es 8 de 10, ¿cuál es la tuya?

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